La tecnología: ese ser

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La sociología me ha enseñado a desconfiar tanto de los discursos apocalípticos como de los que auguran la salvación. Me refiero a discursos relacionados con la emergencia o consolidación de algún tipo de dispositivo tecnológico. Estos relatos tienden a hablar de tecnología como un ente abstracto, homogéneo y autónomo. Como un algo que nos hace hacer cosas en contra de nuestra férrea voluntad (para mal) o que soluciona todos nuestros problemas (queramos o no).

No creo que haga falta decir que estos discursos, en la medida en que modelan y son reflejo de nuestra forma de pensar y actuar, entrañan un cierto peligro. Los apocalípticos, porque pueden llevar a explicaciones o justificaciones de algunas situaciones des-responsabilizadoras o negadoras de la agencia humana (“Si no hubiera tenido un arma…”, “Es que el móvil le tiene atrapado…”). Los de la salvación, porque pueden lograr que dejemos de lado nuestra voluntad de actuación (Internet como equivalente a democracia, por ejemplo, como si no fuera necesario hacer ya nada más para lograr un modelo político mejor porque con Internet acabará llegando por sí solo). 

Tecnología

Otra posición relativa a las tecnologías es la que propone que éstas son neutras, y que las podemos manejar a nuestro antojo, postura que niega que las tecnologías son una producción humana, en un entorno social complejo y marcado por intereses y aporta una exagerada (creo yo) capacidad de agencia a las personas, alejadas de una realidad social mucho más intrincada.

Entre un discurso (el del bien y el mal) y otro (la neutralidad) tenemos la idea de la agencia compartida, que explica mucho mejor que yo Amparo Lasén. Las tecnologías nos facilitan ciertas cosas, nos dificultan otras, y es de la interacción entre dispositivos y personas de donde surge la verdadera agencia, la capacidad de hacer cosas.

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Detengámonos por último en la noción de nuevas tecnologías que se usa a menudo para hacer referencia a los ordenadores, tablets, móviles y dispositivos similares, con acceso a Internet. Son éstas tecnologías de reciente aparición y pareciera que son más autónomas que otras herramientas previas. Pero (con las innumerables diferencias que pueda haber entre unos y otros) ¿qué diferencia un lápiz de un teléfono móvil? ¿O la prensa, la radio, la televisión o un dispositivo con acceso a Internet?  Todos son elementos con unas potencialidades y unas limitaciones, elementos que se pueden emplear de muy diversas formas y que nos sirven para cambiar nuestras sociedades al tiempo que nos pueden transformar a nosotros. 

La aparición  de cada nuevo elemento tecnológico abre un abanico de posibilidades e indeterminaciones y, por ello, no nos ha de extrañar que genere miedos e inseguridades. Pero basta echar la vista atrás para descubrir que algunos de los grandes cambios que se presumían con la aparición de un dispositivo no llegaron a darse. Si mal no recuerdo, era Weber quien cuestionaba la idea de que la prensa fuera a acabar con los libros. Del mismo modo, hoy se habla de que los e-books pueden acabar con los libros impresos. 

Pero si alguna de estas cosas ocurre, si una tecnología o herramienta sustituye a otra, no será porque el ente independiente que es la tecnología haya impuesto su voluntad, sino por dinámicas mucho más complejas que, creo yo, son las que han de desentrañarse, en lugar de limitarnos a discursos supersticiosos, si queremos comprender lo que realmente ha ocurrido y ocurre.

Marta Lizcano Barrio

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