Sobre la subjetividad y las investigaciones sociales

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En su búsqueda de legitimidad, las ciencias sociales han tratado de equipararse a las ciencias duras en su pretendida neutralidad y objetividad. Y decimos pretendida, puesto que a veces se olvida que tanto el investigador como las instituciones que financian las investigaciones (y deciden qué se investiga) son personas y entidades con intereses, preocupaciones y objetivos concretos, y por tanto es imposible (e indeseable) hacer ciencia al margen del factor social (tanto a nivel individual como a nivel colectivo). Indeseable, porque como nos advierte Bauman[1] y como se desprende de innovaciones e investigaciones como las células madre, los transgénicos o la bomba atómica, la ciencia no puede estar exenta de una reflexión ética. Las ciencias, en definitiva, influyen a y son influidas por la sociedad en la que se desarrollan[2].

En los estudios sociales, a estas cuestiones se añade otra fundamental: el investigador no estudia, como ocurre por lo general en las ciencias duras, objetos como tales, sino que estudia las mediaciones que se dan en las sociedades, formadas por individuos y sujetos. Es, por tanto, un sujeto estudiando a otros sujetos. Esta diferencia hace que se añada un nivel de complejidad en el caso de las investigaciones sociales que es importante tener en cuenta, sin perjuicio de que la vieja oposición entre ciencias sociales y ciencias naturales sea discutible.

De este nivel de complejidad añadido no se desprende automáticamente que los estudios sociales sean subjetivos frente a la objetividad de los estudios de las ciencias naturales (aunque no es este el tema a tratar en el presente ensayo). La cuestión central es que tenemos sujetos hablando con y sobre otros sujetos que son al tiempo objetos de estudio, y cómo lidiar con ello.

Todo investigador es un sujeto y comparte con el resto de sujetos esa y otras características–con unos compartirá cuestiones generales, con otros tendrá en común numerosas variables más específicas de cada grupo–. En algunos casos, el investigador comparte perfil con los sujetos que forman su objeto de estudio. En mi doctorado, por ejemplo, hay migrantes que estudian el tema de las migraciones, docentes que se preocupan por el sistema educativo en la parte que afecta a su sector o mi propio caso, el de una estudiante de doctorado que quiere analizar los mecanismos que operan en la obtención de una plaza como docente-investigador en la universidad española, proceso que podemos decir que comienza con el desarrollo y defensa de una tesis doctoral.

¿Cómo lidiar con esta situación? Frente a cierta posición que aboga por dejar de lado esta cuestión[3] y tratar de descartar los elementos que supuestamente añaden subjetividad a los resultados de las investigaciones (empleando, por ejemplo, únicamente técnicas cuantitativas), se presenta otra opción que es la de asumir la subjetividad tanto del investigador como del objeto de estudio como elementos positivos (e imposibles de descartar).

La cuestión de la subjetividad del objeto de estudio puede pasar por mantener la tensión, la dialéctica entre la subjetivación y la objetivación de los sujetos. Escojo a un cierto grupo de sujetos no por sus características como individuos, lo que les diferencia, sino por lo que les iguala al resto del grupo, y es en este sentido en el que estoy objetivándolos. Sin embargo, al estudiar por ejemplo el fenómeno de las Redes de Solidaridad Popular[4] en el municipio de Arganda del Rey, no me interesa sólo saber qué actividades llevan a cabo, variables como la clase social, el género o la nacionalidad de los participantes, etc. Me interesa también saber en qué contexto se dan sus interacciones, cómo se desarrollan las asambleas, qué motiva a cada miembro a unirse al proyecto, si los diferentes participantes perciben y de qué forma el contenido político de las redes, etc. Y es en este sentido en que trato a los sujetos como tales, con vivencias y experiencias que constituyen la realidad social en la que participan y no sólo como características, datos y números desvinculados del sujeto concreto. Se trata de considerar que el sujeto tiene algo que decir sobre su propia realidad, ya sea de forma directa y consciente o mediante lo que no se dice, se deja entrever en el discurso o se revela en las prácticas.

En lo que respecta a la subjetividad del investigador, se puede seguir obviando el hecho de que nuestro texto siempre va a estar impregnado de quiénes somos, como personas y como investigadores, o tratar de explicitarlo. En el caso concreto de los investigadores que comparten perfil con los sujetos investigados –como es en cierto modo mi caso– hay quien afirma que este hecho contamina la investigación. Sin embargo, en mi opinión no tiene por qué ser así, siempre y cuando se realice un ejercicio continuado de reflexión sobre uno mismo. El hecho de estar inmerso en la situación que se estudia puede ofrecerte puntos de vista y prejuicios (en el sentido de juicios previos) que otros investigadores no tienen, al tiempo que esos mismos investigadores podrán aportar cosas a la investigación no percibidas por alguien que forma parte de ese contexto. De ahí que el papel colaborativo de la investigación sea importante en todas las investigaciones.

Al emprender una investigación asumimos un rol que nos otorga una posición asimétrica con respecto a nuestro objeto de estudio. Sin embargo, quizás debemos des-dramatizar la labor investigadora, quitarle el peso de esa tarea de revelación de una realidad oculta pero alcanzable sólo en la medida en que somos investigadores. Aceptar que todo lo que podemos dar –y no es poca cosa– son interpretaciones de una realidad social que siempre está mediada por el contexto en que se desarrolla la investigación, las herramientas y el propio investigador[5]. Que el conocimiento no se desprende del mundo como por arte de magia a través de nuestras observaciones.

No es extraño pensar que la complejidad intrínseca a los seres humanos se ve reflejada en los estudios, investigaciones y análisis que estos desarrollan. O que en el transcurso de una investigación larga, como pueda ser una tesis, el objeto de estudio, los planteamientos y asunciones cambiarán, como también cambiará el propio investigador. Que aceptar la subjetividad del autor conllevará problemas, pero evitará el mal mayor de negar conscientemente la dimensión subjetiva de los estudios sociales. Hacerse consciente de los límites o marcos en los que se da la investigación, aprender a reírse de todo ello, puede llevar a transgredir o transformar esos mismos límites.

Empecemos por decir: soy persona; soy investigador; procedo de esta clase social; estos son mis intereses, estos son mis prejuicios reconocidos; estas cosas me hacen quien soy aunque no agotan lo que soy, como tampoco serán lo que me defina dentro de un tiempo. Declaro esto y a partir de aquí empieza mi labor investigadora.

[1] Z. Bauman, Modernidad y Holocausto, Trad. de A. Mendoza. Madrid: Sequitur, 2006.

[2] Lamo de Espinosa, E., González Seara, Luis. (2010). La sociedad del conocimiento. Información, ciencia, sabiduría. Madrid: Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. pp. 48-54

[3] Podríamos identificar esta posición con la corriente -ya mencionada- que aspira a que los estudios sociales se equiparen con las ciencias duras.

[4] http://goo.gl/UUgqmc

[5] Ver la noción de conocimiento situado de D. Haraway o Putnam, H. (2004): “La imbricación entre hecho y valor”, en El desplome de la dicotomía hecho-valor y otros ensayos. Barcelona: Paidós. pp. 43-61

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